Sombras Abatidas / G. Tarchini

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"Sombras Abatidas"

Gustavo Luis Tarchini

Santiago del Estero, Argentina
http://www.gustavotarchini.com.ar
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En un día como cualquier otro, Sado y Vizcacha Galván amanecen en la inmensidad del monte santiagueño. Es un campo de 8000 h, donde sólo hay trece personas, todas como ellos, que buscan los preciados postes de quebracho colorado (schinopsis quebracho colorado), noble madera dura donde hoy duermen los rieles de toda nuestra red ferroviaria, que, se use o no, tiene más de 40.000 kilómetros.

El campamento no es más que una lona sobre unas cumbreras que les dio el monte, al igual que los palos donde improvisan sus camastros. Allí los hacheros abrazan sus sueños y descansos, y ambos son conscientes de que la mordedura de una víbora no les daría mayores posibilidades de vida, porque están a 45 kilómetros del pavimento por una huella tortuosa para sus únicos vehículos que son dos bicicletas. El pavimento está a la altura de Alhuampa, de donde son oriundos, en la ruta que va de Tintina a Otumpa.

Hoy es allí donde está Sado. Le detectaron la enfermedad de Chagas, -bien podríamos llamarlo el sida del subdesarrollo- que justamente ataca más en esta franja social, a los que habitan en viviendas de tipo rancho. “La doctora me prohibió los esfuerzos físicos” dice, “y qué voy a hacer aquí, no hay otra cosa, aquí es todo hacha”. Las taquicardias que sufre fueron las que motivaron su consulta en la capital, y está de regreso en su casa paterna, habiendo dejado a su hermano en aquellas soledades.

Alhuampa es otra historia, un pequeño poblado donde llegó la corriente eléctrica en marzo de 1997. Trescientos ochenta y tres habitantes según el censo de 2001, con dos pastores evangélicos y una iglesia católica sin cura. También la estación está sin trenes, habitada por una familia intrusa. Impotente, nos recuerda de otra hora, donde la riqueza se cargaba en forma de árbol y entre tantas sombras abatidas, el sonar de hachas no cesaba.

Hoy las hachas fueron trocadas por motosierras, pero lo que no cambió son las condiciones de vida de los hacheros, o casi: la lona reemplaza el techo de su rancho; un cheque a 90 ó 120 días reemplaza al vale con que cobraba antes, “y si no te gusta andate, otra cosa no hay”.
“Aquí todos nos dedicamos al hacha...” Tanto es así que en Alhuampa sólo tres personas no se dedican al obraje, según los enumera Vizcacha con nombre y apellido: el pocero, el tractorista y el puestero de una estancia. Todos los demás viven del monte, concluye.

El día de un hachero transcurre desde su desayuno de mate y tortilla muy temprano. Cuando el sol todavía no asoma, (uno de los dos muchachos, una hora antes de salir del catre puso el agua a calentar y avivó el fuego) se internan con motosierra y hacha al hombro en un monte por donde todavía no pasaron las topadoras que arrasan con todo para luego poder sembrar.
Van donde el bosque todavía llega a los 12 metros de altura, aunque según dicen todos, los diámetros de antes ya no se ven.

En siete días estos hacheros cierran un ciclo de talado, desbastado, que es la tarea de sacar casi toda la parte blanca de madera que rodea el corazón del quebracho colorado, y labrado de los postes que es el acabado en forma prolija, del trabajo anterior. Dejan un poste perfecto, sólo del corazón, bien colorado.
Luego son rodeados o sacados a las picadas a hombro y luego, desde allí en mulas a picadas principales donde los cargarán en un acoplado tirado por un tractor. Cada ocho días empieza este ciclo y cada cuatro ciclos finaliza con la entrega de “la madera” al contratista, que a su vez es un empleado del obrajero o dueño de la explotación forestal.

El problema ecológico y social es grave. Es mayor el impacto producido por el desmonte con topadoras para la siembra que la tala para postes. Pero también está la tala para carbón, y todo suma.
El hachero hacha o se muere de hambre. En esa zona de Santiago no hay otra actividad, el eje es el bosque, quebracho y otras maderas. 
Por esa razón, creo que es imposible analizar la problemática por separado.

Si bien uno puede notar en la vida diaria de un hachero las privaciones con que vive y la total conciencia de su situación socioeconómica, en todos los casos sabiendo de la explotación de que son víctimas, de que la gran tajada no es para ellos, aun así son felices. Por eso las fotos no reflejan los rostros (o estereotipos) que muchos creen que debería encontrar. La gente del interior de la provincia, es muy sufrida. Entre las muchas dolencias que tiene que asumir figuran la muerte de un hijo. La mortalidad infantil es muy alta en esta zona, y es algo que es asumido con dolor, pero como algo que pasa casi naturalmente.

La ausencia de ambulancias para traslados, de medios de comunicación, de caminos, de educación, la falta de médicos y la sobra de curanderos, etc., es parte de una realidad que duele, pero que está asimilada. Y no con mucho rencor.

La falta de educación condiciona cualquier posibilidad de despegue y en muchos lugares alejados de las localidades de cabecera, la única educación posible es la primaria. Cuando termina la escuela ya conoce a la perfección el oficio, y de inmediato pone manos a la obra. Otras veces el niño tiene edad de empuñar el hacha y ya deja la escuela para ayudar a su padre. Por eso, a partir de quinto grado las aulas suelen tener sólo niñas. Casi no hay opciones laborales en la infinidad de pueblitos del vasto interior santiagueño. Esto nos dice que por mucho tiempo el problema seguirá igual: sin educación no hay futuro posible.
Lo triste es que si de educación hablamos, cuando se empiecen a hacer bien las cosas nos llevará varias generaciones transformar el negro horizonte de hoy.

La dirigencia política que hoy nos puso donde estamos, es la que tiene que planear y ejecutar los cambios. Los hacheros y los quebrachos son víctimas de esta situación. Ya quisiera yo tener palabras para describir lo que veo y lo que siento. Sobre todo sabiendo que este país en 1900 fue la potencia indiscutida de Latinoamérica y el décimo en riquezas del mundo.
Por eso, dedico este trabajo a la Esperanza, para que la necesaria transformación cultural que este país necesita para acabar con sus males, llegue de una vez y para bien.

 

Un poco de historia.

La provincia tiene 145.670 kilómetros cuadrados de los cuales un 70% estaban cubiertos de bosques, (107.922 kilómetros cuadrados = 10.792.200 hectáreas). De acuerdo con estas cifras, Santiago tendría la décima parte de la superficie forestal argentina, que es de 106.888.400 hectáreas (“Riqueza forestal” de Antenor Álvarez).
Deduciendo el 35% de obras naturales la superficie forestal de Santiago del Estero sería de 6.500.000 hectáreas.
Si calculamos que en el 100% de maderas, hay un 27,5% de quebracho colorado, 58% de maderas generales para construcción y de 14,5% de maderas blancas ordinarias, tendremos que en 6.500.000 hectáreas boscosas netas hay 178.750.000 toneladas de quebracho colorado, 377.000.000 toneladas de maderas generales para construcción y 94.250.000 toneladas de maderas blancas ordinarias (“Riquezas Argentinas” Pascual R.Vaiani).
“El bosque sin leyenda” 1937, Orestes Di Lullo. (Pág. 93)

“¿Qué utilidad líquida ha reportado la explotación del bosque al obrajero?
Calculando en 10 pesos por tonelada el beneficio del obrajero (el año 1916-17 se vendió el carbón al precio de 120 pesos la tonelada) en 505.624 toneladas ha percibido anualmente la cantidad de 5.056.240 pesos, es decir 252.812.000 pesos en 50 años, término medio, lo que significa que, entre ferrocarriles y obrajes, se han extraído de los bosques santiagueños utilidades por valor de más de 500.000.000 de pesos sin más beneficios para la provincia que el impuesto fiscal, mal cobrado y peor invertido, que puede calcularse en 1 millón por año y sin contar, por supuesto, los perjuicios ocasionados a la economía por un régimen de explotación brutal.” 
“El bosque sin leyenda. 1937, Orestes Di Lullo (Pág. 96)

Entre estos perjuicios, el mayor es, quizás, el que se refiere a esa enorme población internada en los bosques, cuyo número era de 15.000 obreros en 1926 (Antenor Álvarez, “Riqueza Forestal”) y de 45.000 en la actualidad, según el Departamento de Trabajo de la Provincia, y que “La Nación “ de Buenos Aires recoge y comenta en su editorial del 9 de marzo de 1937 con el título de “Cifras Angustiosas”. Estos obreros, que han dejado sus familias abandonadas, consumen por lo regular 0.50 cts. por día, lo que hace 9.900.000 pesos al año. Pero este dinero no queda en la provincia. Los obrajes se abastecen directamente del comercio de otras provincias, lo cual, agregado al consumo del bracero que emigra a Tucumán, Santa Fe, Chaco y Córdoba, consumo sin beneficio local, la cifra se duplica fácilmente. ¿Y lo que pierde de ganar la economía por esta distracción de brazos en ajenas tierras, ya que los bosques, por las razones apuntadas pueden considerarse dependientes del comercio y de la vida de otros pueblos? ¿Y el valor del trabajo de esta inmensa cantidad de hombres exiliados, que producen fuera de la tierra natal la flor de su energía? 
“El bosque sin leyenda.” 1937, Orestes Di Lullo (Pág. 96-97)

Santiago del Estero contaba a comienzos de la explotación forestal con una extensión de 143.484 kilómetros cuadrados, de los cuales, según datos suministrados por la oficina de Geodesia y Tierras, un setenta por ciento estaba cubierto de bosques, o sea 10.792.200 hectáreas de bosques. En la actualidad sólo quedan escasas setecientas mil hectáreas. Más de nueve millones de hectáreas fueron irracionalmente explotadas.
“Hacha y quebracho” 1991 Raúl Dargoltz (Pág. 129)

La vivienda del peón del obraje consiste en un rancho de dos metros de altura, lo escasamente grande como para tenderse bajo techo, en una cama que improvisa con cuatro estacas clavadas en el suelo, varillas y ramas y sobre las que acomoda algunos pellones en invierno o, simplemente una manta en verano. El techo es de barro o tierra y ramas de jarilla. Las paredes son de quinchas, es decir de haces de sunchos que ata a unas varas horizontales, entre uno y otro horcón. Otros las hacen de arpillera o lonas.
El hachero, por lo general, vive en el campo raso. Se cobija en su rancho sólo en las noches muy crudas de invierno o en días de viento o de lluvia. Forman su menaje, una ollita, una cuchara, un tenedor, y un cuchillo. La pava, el mate y la bombilla de lata, un jarro enlozado para beber y un tarro grande para el agua constituyen lo indispensable en su vida de solitario personaje del monte.
“El bosque sin leyenda. 1937 Orestes Di Lullo (Pág. 104)

El Tanino
“...este material, el mejor y el más barato del mundo, da al cuero un color tan bello que no se puede obtener con ningún otro ingrediente y se ha hecho tan popular, que se exporta ahora de la Argentina en grandes cantidades y ha reducido el costo del curtido por todo el mundo” dice en el año 1911 el Lloyds Greater Publishing Company Ltd.
“Hacha y quebracho” 1991, Raúl Dargoltz (Pág. 103)

“Solamente considerando un producto: el durmiente, se puede estimar que los cuarenta mil kilómetros del ferrocarril, que representan ochenta millones de durmientes, tres veces renovados, han significado doscientos cuarenta millones de ese producto, cuyo valor como factor crítico se mantuvo constante frente a las fluctuaciones de la moneda. Por lo tanto, el actual valor de siete dólares por durmiente representa un aporte de capital del orden de los mil seiscientos ochenta millones de dólares que fueron reinvertidos fuera de esta región y rindieron por lo menos el diez por ciento anual de interés en 100 años”, decía el ingeniero Ledesma....
“Hacha y quebracho” 1991, Raúl Dargoltz (Pág. 130)

Con respecto a los postes de quebrachos colorados que fueron utilizados para alambrar las grandes estancias de la pampa húmeda, diremos que si bien la medición fue mucho más difícil por la variedad de los medios de transporte que se utilizaron, se han documentado durante el período 1900-1966 en los registros ferroviarios únicamente, más de 64.500.000 piezas, que puestas en alambrado imaginario, a razón de ocho metros entre cada poste, tendrían una longitud de una vez y media la distancia Tierra-Luna.
“Hacha y quebracho” 1991, Raúl Dargoltz (Pág. 130)

“Cuando se dañen grandes árboles se debe satisfacer una multa proporcionada a su utilidad y a su valor” (Manu o Manara Drama sastra, Libro 8º Nº 285, año 1.300 A.C., Código de la India)
“Hacha y quebracho” 1991, Raúl Dargoltz (Pág. 101)

Fotos y texto: Gustavo Luis Tarchini (Fotoperiodista)

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