Angeles D1 / Federico Tovoli

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"Angeles D1"

Federico Tovoli

Toscana, Italia
http://www.federicotovoli.com
 Volver En los semáforos de Lima hay un gran ánimo como en todas las metrópolis del mundo, el semáforo es un punto en donde se encuentran clientes y prosélitos y, a veces un verdadero puesto de trabajo. Lima es una de las ciudades más contaminadas de América Latina, una megalópolis de ocho millones de habitantes con las contradicciones típicas del continente: una enorme distancia entre las clases sociales, una honda y muy evidente pobreza que en el mapa urbano se traduce en solo tres o cuatro barrios ricos en fila sobre la rambla meridional, un centro histórico impresentable y una multitud de barrios humildes que rodean todo esto.

Lima necesitaría una red de transporte subterráneo, pero parece que nunca se encuentra dinero para hacer la inversión, los trenes de América Latina son animales raros, por esto todo se mueve por las carreteras, desde los barrios de la extrema periferia norte a la zona rica de la que se habla más arriba (constituida por los barrios de San Isidro, Miraflores, Barranco y Chorrillos) con los transportes públicos se pierden dos horas y no son directos, hay que cambiar de bus; y si desde la periferia norte se necesita llegar a uno de los barrios satélites meridionales las horas ya son tres… y todo en un diámetro de no más de treinta kilómetros. Esta difícil situación es peor aún por la contaminación, típica de Lima, ciudad puesta en el medio del enorme desierto costeño, soleada hasta las afueras de la metrópoli, después solo se encuentran nubes de smog, probablemente debidas a los Andes tan cercanos que funcionan como freno natural.

Pero en los semáforos de Lima en sustancia se vende, en sustancia se trabaja.

La profesión de limpia ventanillas casi no existe, el vendedor de helados, pañuelitos o caramelos es prácticamente un clásico, el oficio del acróbata ya no es una novedad, probablemente ni ha nacido en Lima, pues las reglas de la vida subterránea no están al alcance de los demás… incluso en Ecuador han inventado un reality show que habla de los malabaristas y de los acróbatas en los semáforos; en otras palabras quien sabe quien ha sido el primero a hacer piruetas o a malabares sobre los pasos de cebra durante la luz roja, el hecho es que cada fin de semana los semáforos en los puntos calientes de Lima se convierten en puestos de trabajo para una escuadra de muchachos que se exhiben en malabarismos profesionalmente.

Los semáforos son los de los barrios ricos, el más importante es el cruce Grau-Pierola de Barranco el barrio en estilo Liberty cerca del mar, la zona artística - bohemia que se está poniendo de moda. En Miraflores también, la verdadera “city” limeña, los automovilistas admiran los “mortales” esperando la luz verde. La elección del lugar es lógica, en las zonas ricas la gente puede permitirse regalar algunas monedas de las que les llenan los bolsillos.

Las monedas caen, dicen en jerga los chicos, y por esto se quedan hasta cinco o seis horas, y nunca tienden la mano para pedir la limosna, simplemente saludan, confiando con la bondad de los automovilistas. Una estrategia que les evita las acusaciones de mendicidad, a fin de cuentas solo son peatones que utilizan los pasos de cebra de una manera diferente…

Entre las muchas persona que tienen un auto propio en Lima, está Vania Masias, bailarina profesional con un envidiable currículum, retoño de clase alta (el padre es el dueño de una de las empresas de gallinas ponedoras más grande de toda América Latina).

La historia es casi leyenda y cuenta del encuentro entre los dos mundos, de una intuición y de una propuesta que podría parecer banal pero que para muchos de esos chicos ha representado un viraje: profesionalizarse, salir de la indigencia de las pocas monedas en los semáforos (si sale bien no ganaran mucho menos de un albañil...) transformándose en bailarines profesionales; sin cortar los lazos con el bagaje cultural de donde provienen, especializarse en hip – hop, la danza urbana por excelencia.

El espacio no hace falta, la gran casa de los padres de Vania en el barrio de Chorrillos que ya tenía una cancha de tenis y un gimnasio para jugar squash, y donde papá Masias después había añadido un “gimnasio para el baile” como regalo a Vania cuando tenía doce años como campeona, y solo se necesitó adaptar una parte para las oficinas y añadir un telón como otro gimnasio había sido fácil.

Había la posibilidad, de buscar un rescate social para los acróbatas de los semáforos a través del baile. Así nació la asociación cultural Ángeles D1. Un nombre con un significado intuitivo solo en parte, si los acróbatas de los semáforos “vuelan” como ángeles sobre las autos, D1 significa “de uno”, la casa de uno, la escuela de uno, la familia de uno, se refiere a la sensación de estar en casa, o sea que la escuela es el lugar especial para todos ellos y la perciben como un lugar a que pueden pertenecer. Y así ha sido. Ese núcleo inicial comenzó a frecuentar los barrios ricos también por la presencia de la escuela, los contactos de la bailarina profesional dirigente y fundadora, abrir una escuela para aspirantes bailarinas de familias ricas y unos patrocinadores permitieron la presencia de otros profesionales del hip – hop estadounidenses para talleres intensivos, pronto estos chicos, los Ángeles, dejaron de frecuentar los semáforos y devinieron en portadores de un mensaje muy importante en lugares donde quien manda es la pobreza: “se puede hacer”.

“Se puede hacer” algo para salir de la indigencia, para no pasar directamente de la inocencia de la infancia a la droga y a la en la calle, “se puede hacer” algo lindo para sí mismo y para los demás.

Ángeles mensajeros de esperanza entonces: un mensaje que para comunicar durante los espectáculos, como las participaciones en los varios festivales quieren mostrar a la “clase medio alta” cual es el resultado de la escuela, las exhibiciones en los “colegios” de la periferia limeña son directas a los “sujetos a riesgo”, los chicos y las chicas adolescentes.

Y es la música hip – hop en el patio de la escuela, los “Ángeles” con un traje patrocinado se mueven con un ritmo casi mecánico, creando figuras que se rompen con mortales de diferentes tipos provocando ovaciones generales, haciendo piruetas sobre la cabeza, como los verdaderos hip – hopper neoyorquinos que probablemente algunos estudiantes habrán visto en la tele o en uno de los muchos DVD basura que se ven en cada rincón. Antes y después los pocos minutos del baile (a los que se tienen que añadir unas dos horas de bus para llegar al lugar) ojala uno de ellos cante una canción rap marchoso para los chicos y que habla de temas sociales o se da un discurso introductivo sobre un tema actual…

Lo que es importante es que los estudiantes se den cuenta que los “ángeles” no caen del cielo, no son un producto de laboratorio televisivo como hay en todo el mundo: todos guapos, todos iguales y con el mismo look; los “ángeles” son chicos de allí, muchas veces del mismo “barrio” considerando que la asociación trabaja solo en dos áreas urbanas (Ventanillas y Villa el Salvador), son chicos que siguen otra dirección, una dirección interesante. A final del show, los Ángeles son las estrellas del momento, rodeados de muchachos y muchachas que gritan y firmando autógrafos; se podría decir: “mensaje recibido”.

Que el mensaje ha llegado se ve en el movimiento que hay en la grande casa de Chorrillos en los días impares. El gimnasio para el baile está ocupado por los Ángeles empeñados en un taller con una bailarina neoyorquina. El área está llena de música negra sobre el cual la profesora se mueve con pasos complicadísimos. No habla español, está con una chica que le hace de interprete para explicar los conceptos más difíciles, pero por la mayoría del tiempo se explica muy bien gestualmente y a través de los sonidos, ilustra los pasos, los recalca con tantos “paff, paff, paff”. Bailan bien coordinados los Ángeles, siempre mirándose en el espejo en un perfeccionamiento continuo, el ambiente es muy relajado, al final de la lección se toman las fotos de ritual, donde todos, la profesora también, adoptan las clásicas poses hip – hop.

La lección termina más o menos en coincidencia con la llegada de los buses de Villa El Salvador y de la lejana Ventanillas, son los chicos inscriptos en la escuela, los futuros ángeles (y angelitas), la comida es lo primero que los espera. Parece paradojal, mirando desde el punto de vista del occidente rico, pero una escuela no profesional de baile que trabaja con los adolescentes de las clases indigentes tiene que cuidar los problemas básicos, como por ejemplo una comida diaria, sustanciosa y equilibrada que los chicos podrían no tener en su casa. Pero hay más, hay una cohesión hecha de cosas pequeñas, como por ejemplo una fiesta mensual para todos los cumpleaños de los nacidos en el mes, hacer tutoría, o sea dedicar unas horas semanales a discusiones sobre temas de actualidad o simplemente temas generales que hayan un valor educativo para los más jóvenes... y todas estas actividades son manejadas por los mismos ángeles.

Hay quien da clases de acrobacia o de hip – hop a los jóvenes, quien se dedica a el zapateo peruviano (un tip tap local que forma parte de los bailes populares nacionales. En el plan de estudios hay también el fandango y la clásica).

Luis Soto es el responsable de la tutoría, tiene 25 años y una seriedad envidiable; nunca dejó de hacer los “mortales” aunque si ya no necesita el dinero de los semáforos, visto que el profesionalismo en el baile comienza a dar de que vivir; como todos los frecuentadores de la escuela, nunca se queda sin hacer nada, aunque si está libre de las pruebas, aunque sin música estos chicos se deleitan con acrobacias, prueban nuevos pasos, discuten sobre las secuencias de una o de otra pieza, hacen la vertical sobre una sola mano y varias otras valentías.

Luis continúa viviendo en su Ventanilla, en una casa con el piso en tierra batida y el techo en chapa, en el área llamada “Todo Perú” porque construida de arriba a abajo a finales de los ochentas por emigrantes llegados de todo el país. La historia de Luis es el típico ejemplo de pobreza nacional, la madre trabaja como acompañante en Argentina y regresa una vez cada dos años, el espacio privado en casa es poco o nada, todo se divide con los hermanitos, los nietos, las hermanas, las cuñadas, el nuevo marido de la madre… y en el espacio común Luis cultiva su talento de artista a 360 grados, ha aprendido las normas pictóricas de manera autónoma, para ejercitarse copia los clásicos, pero tiene su propia producción también. Le gustaría mucho enseñar pintura a la gente de todo el país, así que todos pudieran expresar su propia imaginación y sus inquietudes. Esperando esto, Luis tiene su pequeña escuela de hip – hop, pasa el mensaje a su barrio y la misión de la D1, en una sala pública enseña las reglas del hip – hop a un grupo de adolescentes “a riesgo”. Lo hace hasta altas horas de la noche y por las mañanas se levanta antes de las siete para llegar a la escuela que se halla en el otro lado de Lima.

Excavando un poco, las historias personales salen, los Ángeles son chicos que tienen 23 años en término medio y nunca se han ido a ningún lado afuera de Lima, ninguno de ellos ha tomado un avión, cosas inconcebibles para los coetáneos del “primer mundo”… Antony es mucho más joven y es uno de los más flexibles y vivos, Ricardo Galvez, director de la escuela, dice que podría ser un líder de pandillas y que es una verdadera suerte que pueda concentrar todas sus energías en la escuela; vive en una de las áreas más pobres (y peligrosas) de Villa El Salvador, ayudado seguramente por el dinero del padre, emigrado a España; en su colegio, un edificio mucho más decadente del ya muy degradado estándar de las escuelas peruanas. Él, como muchos de sus compañeros, tiene un tutor, una profesora especial que se ocupa de el hasta afuera de la escuela, por las necesidades económicas. Él que ha viajado es Ángel Trujillo, solo una vez cuando tenía nueve años había estado en la Amazonía siguiendo al padre que había salido en busca de trabajo, cuenta ingenuamente que dormían en las orillas de un río, pero que no iban de camping…

En la casa de Ángel hasta ahora hay serios problemas de trabajo, a los dieciséis años el chico ni sabía que existía algo llamado “mesada”, tenía que ganar el dinero en los semáforos; si en la Ángeles parece siempre un poco ausente, perdido como muchos de sus coetáneos jugando con el móvil, en el semáforo es otra persona, ágil como una gacela y serio calculador que se mueve de un cruce a otro según cuanto dinero “cae”; se siente una persona con un gran talento y es feliz de que los hermanos menores lo sigan aprendiendo las acrobacias.

Para el, como para todos los otros, es una suerte pertenecer a la escuela, él en particular es aún muy adolescente como para ocupar un puesto de responsabilidad, pero ya enseña los “mortales” a los más jóvenes, continuando con la D1 canalizará su talento en algo de profesional que tendrá como consecuencia el permitirle dejar los semáforos, pero sin perder de vista o renunciar a sus orígenes, el verdadero significado de la D1 es que él, como todos los otros, hablará a través de su propio arte y de su propio talento, llevando a los chicos de las clases más pobres, un mensaje simple y fuerte en su sencillez: “se puede hacer”.    El límite de la fotografía es nuestro propio límite
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