Recorrido por Valladolid / A,Velázquez

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"Recorrido por Valladolid"

Amadeo Velázquez

Paraguay
fotoav@yahoo.com.ar
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Recorrido por Valladolid, 
pueblo colonial de la península de Yucatán
Texto: Mariel Fatecha
Fotos: Amadeo Velázquez

La vida en Valladolid gira en ruedas de bicicleta. Las actividades más cotidianas, como hacer las compras, ir a la iglesia, al trabajo o visitar a alguien, se hacen a bordo de este ecológico medio de transporte. Aunque no me jacto justamente de ser una ciclista experimentada por haber crecido en ciudades donde los camiones y autos, sin cargo de conciencia te llevan por delante, tuve que volver a aliarme con mis paseos de infancia. Sólo que esta vez, el corto trayecto a la plaza de a unas cuadras de mi casa, se amplió al recorrido de la ciudad.

Eso no fue un problema. A pesar de que no son justamente los más recientes avances en caminos los que imperan en Valladolid, las calles cuentan con sus respectivas ciclovías, que te invitan a recorrer sin temor sus puntos más secretos.

Asediados por la curiosidad de conocer los cenotes, que son formaciones pétreas subterráneas con agua dulce en su interior, fuimos a conocer esta zona de la península de Yucatán, ubicada en el sureste mexicano.

 

Paréntesis explicativo 
Pero antes de avanzar en el relato, pongámonos un freno que nos permita entender este fenómeno de la naturaleza. Los cenotes son una privilegiada riqueza natural que sólo pueden ser vistos en esta parte del planeta. Se cree que su formación tiene origen en la última era glacial, hace unos 15 mil años, cuando los niveles del mar cambiaron. Otras teorías, dicen que su origen tiene relación con el impacto del meteorito Chicxulub, que cayó en la punta continental de la Península de Yucatán, hace nada más y nada menos que 65 millones de años. 
Los cenotes eran un punto clave en la vida de los indígenas mayas, quienes los convertían en lugares de culto, sagrados. Allí volcaban sus ofrendas para mantener contentos a sus diferentes dioses, a la vez que les agradecían el que parecía en aquellos tiempos, el interminable suministro de agua.

 

Cenotes de Valladolid

Aunque ya habíamos conocido otros cenotes, como los que están ubicados en la zona arqueológica de Chichén Itzá, no eran en nada parecidos a los de esta colonial ciudad yucateca.

El corazón mismo del pueblo guarda uno, llamado Zací. Cuenta la leyenda que era el nombre de una indiecita que se suicidó en sus aguas la noche en que su amado cacique se iba a casar en otro pueblo. En el momento que la joven estaba muriendo, el hombre se acordó de ella, suspendió la boda y fue a buscarla. Llegó tarde. La abuela la lloraba en el borde del cenote y el enamorado, al entender lo que había pasado, se lanzó a rescatarla. Sus cuerpos nunca emergieron porque, según dice la historia, descansan juntos en el fondo.

Atraídos por la leyenda fuimos hasta el lugar. Tras ingresar a una especie de parque, una escalera de piedras que invita a bajar llama la atención. Abajo se esconde una flamante pileta natural de agua dulce, de gran profundidad, apacible y milenaria. En una de sus cavernas, descansa la ya más moderna devoción de los mexicanos, la Virgen de Guadalupe, una de las más queridas y milagrosas del país. Antes de zambullirse en las aguas, los creyentes se detienen a prodigarle unas oraciones, pidiéndoles protección para evitar cualquier percance desagradable. Como ofrenda, le dejan una flor.

Zací, que en lengua maya quiere decir “gavilán blanco”, es también el nombre de una ciudad prehispánica que se asentaba en la zona. Este cenote es uno de los pocos a cielo abierto y uno de los más grandes con esta característica. Su espejo de agua, en forma ovalada, tiene 28 metros de diámetro en la parte mayor y 25 en la menor, y la altura entre la bóveda y la superficie acuífera es de 26 metros.

Pero si los ojos del visitante ya se vislumbraron con el Zací, que no se quede quieto porque queda más por pedalear. Al salir de allí y preguntar a los pobladores la mejor manera de llegar al cenote Xkekén, también conocido como “Dzitnup”, al unísono todos respondieron que en la misma bicicleta. Y sí, definitivamente es la mejor manera. Juntamos ganas y continuamos con nuestro económico medio de transporte (el alquiler solo costaba 50 centavos de dólar la hora). Ubicado a sólo ocho kilómetros del centro, el camino, yendo por la carretera que dirige a la ciudad de Mérida, es imperdible. Carteles te mantendrán informado de cada trayecto, carteles o la amable gente local a la que siempre dos despistados pueden preguntar.

Llegamos al cenote XKekén. Majestuoso, valió la pena el esfuerzo. A diferencia del Zací, que más de la mitad de la superficie se encuentra al aire libre, éste se formó en el interior de una cueva. Bajando las escaleras lentamente, para evitar resbalar, uno ingresa a una caverna con formas diversas que la imaginación colectiva se ha encargado de darle formas. Por ejemplo, a la entrada, los pobladores dicen que las estalactitas moldean a un elefante. Sólo un halo de luz que emerge de un orificio en el techo de la cueva, dispara y desemboca en la mitad del agua. Es su única iluminación natural. Tras contemplar este paisaje subterráneo y, por supuesto, sumergirnos en sus heladas aguas, de forma elíptica con 39 metros en su diámetro mayor, nos despedimos del lugar. Subimos a nuestras bicis esta vez con rumbo al convento de San Bernardino de la Siena.

 

Paseo por San Bernardino de la Siena y un final mojado

Esa tarde amagaba con llover, pero como queríamos aprovechar hasta el último minuto, hicimos caso omiso a las nubes cada vez más negras.

Al llegar a San Bernardino de la Siena, le preguntamos a uno de los cuidadores, don Aguilar Melchor, donde podíamos dejar nuestros transportes, y sonriendo nos cedió un lugarcito en el interior del convento, aunque nos dijo que allí nadie robaba: “Si no ves las bicicletas es porque los niños fueron a pasear un rato, pero enseguida las van a traer de vuelta”, y a nuestro alrededor vimos, que efectivamente, frente a la iglesia había un montón de pequeños corriendo.

El convento también guarda su pequeño cenote. Los franciscanos extraían agua para regar sus cultivos y jardines, aunque los mayas ya lo utilizaban para tal fin. También lo usaban como escondite. Allí, guardaron sus armas de guerra y vasijas cuando llegaron los colonizadores al lugar. Estos objetos fueron encontrados hace unos pocos años por un equipo de buzos contratado para inspeccionar las aguas de sesenta metros de profundidad. Gracias a esta maniobra se rescató una partecita de la historia que ahora se está analizando.

Los planes que deparan a San Bernardino de la Siena son los de poner un museo a finales de año, juntando los objetos recuperados como la gran historia que guarda el convento creado en 1552 y su iglesia, construida con la sangre de los mayas bajo las órdenes de los misioneros. Profunda historia, pero estando dentro del lugar se largó a llover. Aunque nos hubiera gustado esperar a que escampe, era tarde y debíamos devolver las bicicletas. Nos cubrimos con unas bolsas que nos dio don Melchor y encaramos la tormenta.

Las calles de la ciudad, eso sí, no son a prueba de agua, hay zonas donde la acumulación casi te llega a las rodillas, razón por la cual no nos quedó más remedio que bajarnos de la bici y seguir a pie hasta la rentadora. Empapados, pero contentos por la visita, coincidimos en que Valladolid es un lugar que definitivamente vale la pena recorrerlo en bicicleta, pero no cuando las nubes amenazan con ponerse cada vez más negras.

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