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Brassaï en el MNBA

Publicado: 20-09-2010
3538 visitas

Por: Ricardo Palmadessa

Buenos Aires - Argentina
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Para empezar a hablar de la maravillosa muestra de Brassaï en el Museo Nacional de Bellas Artes, podemos decir que su nombre real era Gyula Halász, que había nacido en Rumania en 1899 (en Brasso, de ahí su apodo), y que se ganaba la vida como caricaturista y cronista de la vida de París durante la década de 1920. Cuando los medios para los que escribía le encomendaron acompañar sus textos con fotografías, recurrió primero a sus amigos fotógrafos, como su compatriota Kertesz, hasta que comenzó a hacerlo él mismo.
Así como primero fue pintor, dibujante y luego fotógrafo, antes de fotografiar París y sus personajes, se hizo parisino. Antes de mostrar la ciudad, la contó, la describió. Pareciera haber llegado a la fotografía por necesidad, como un último recurso, cuando ya no encontró palabras ni trazos para expresar lo que veía. Entonces el tema fue primero. La necesidad de expresión antes que el medio.
 
“Estoy convencido de que la misión del fotógrafo en la vida contemporánea es captar los instantes raros o emocionantes en aquello que lo rodea, y crear una suerte de imaginería en la cual el hombre de hoy –y tal vez todavía el hombre de mañana- pueda reconocerse. Lo que más ambiciono es hacer algo nuevo e impactante con lo trivial y lo convencional, mostrar un aspecto de la vida cotidiana como si se la viera por primera vez”.
 
Las ciento veinticinco fotos que integran la muestra, están ordenadas por series temáticas: París de noche, París secreto, Picasso, Surrealismo y Graffitis.
Comenzamos el recorrido por las impactantes tomas de la noche parisina: paisajes extraños, mágicos, detalles de las calles, rincones de la ciudad iluminados por luz a gas, o por los faros de un automóvil. Me detengo en una increíble vista: tomada desde una azotea, la tenue luz de la calle, ilumina desde abajo una fachada lateral de la catedral de Notre Dame, con un aura fantasmal. Sobre ella se recortan los negros contornos del edificio más cercano, en el que dos pequeñas ventanas iluminadas (mostrando una vida interior) evidencian los distintos planos visibles en esta maravillosa foto, y los detalles en la oscuridad.
Seguimos en París, seguimos en la noche, pero Brassaï nos hace pasar al interior. París secreto nos muestra personajes que saben que están siendo retratados, pero no les importa. En general no miran a cámara, y cuando lo hacen, la mirada es natural. Es evidente que ya conocen al fotógrafo. Son retratos “desde adentro”. Justamente desde el interior de la barra está tomada una de las escenas más logradas, Hombres de gorra: un hombre maduro y uno joven, ambos trabajadores, en primer plano, en busca de un trago al terminar la jornada, secundados por un “coro” de hombres y mujeres, un paso por detrás. Podemos seguir la dirección de las miradas que se cruzan entre ellos y con el fotógrafo, e imaginar los pensamientos detrás de esos rostros. Las manos de los protagonistas, y quizás la ropa, nos hablan de su condición social. La  iluminación, seguramente un flash de magnesio, atenuado o difuso, acentúan la calidez de la escena.
Las tomas de esta serie son a veces cinematográficas (¿o será al revés, y el film noir francés habrá tomado prestada esa estética de las fotos de Brassaï?), otras pueden ser armadas o posadas, pero nunca las situaciones parecen forzadas. 
Las fotos de los personajes reflejados en los espejos de una confitería, el gran ojo de Brassaï observándolo todo, al que nada se le escapa. Hasta adivinamos su propia figura en uno de esos espejos, parcialmente iluminada por el fogonazo del flash. El beso que no es tal, según podemos observar en los tres puntos de vista que los espejos nos devuelven: las bocas están cerca, pero finalmente no se unen.
En Surrealismo, las fotos llenan el cuadro, los acercamientos son radicales, experimentos en macro, que buscan lo abstracto desde lo real: un boleto de autobús, un dedal, una vela, el interior de una flor, plantas y cactus, paisajes surrealistas.
Dentro de esta serie, pero en la sala del segundo piso (la segunda vez que fui recién las encontré, no hay cartel que diga “continúa en…”) están las llamadas Transmutaciones: Brassaï trabaja el desnudo de mujer, dibujando, rayando, raspando sobre viejos negativos “porno”, transformándolos en grabados muy picassianos . La combinación de sus talentos expresivos: aquí más cerca de la creación plástica, del trabajo en el taller.
En este mismo sector, se muestra la serie Graffitis : una fantástica galería de formas, caras grabadas, trazos pintados y restos de pegatinas, recopilados en los muros de París. La textura, los relieves, acentuados por la iluminación rasante, las formas seleccionadas, recortadas y transportadas desde la pared soporte hacia otro plano, el arte urbano, tan actual.
Por último, la serie dedicada a Picasso, ve retratados desde los diferentes talleres del artista, los personajes que pasaban por ellos, sus esculturas y objetos, hasta un impresionante retrato de su mano percudida y ajada por el trabajo. Varios notables retratos de Picasso, y la foto que más me impactó: Kasbek, un hermoso perro en un taller en penumbras, echado sobre una alfombra, un caballete con un pequeño cuadro, una mesita con pinturas y pinceles, y dos cuadros a la derecha cierran la composición, uno de frente y otro perpendicular a la cámara. Sobre la irregularidad del gastado piso, resalta el perro: el guardián y compañero del artista, parece estar esperándolo pacientemente en la soledad del taller; una pequeña foto de veinte por veintiséis centímetros con un clima pocas veces visto.
 
Este verdadero muestrario de la inventiva de un creador, manejando diversos lenguajes, todos de una manera y con una sensibilidad notable, que incluye la proyección de una sorprendente película documental sobre animales (una verdadera lección de encuadre y montaje), resulta de visita imprescindible para quienes disfrutan de este arte: la mejor manera de aprender es ver cómo lo hacían los grandes maestros. Brassaï es sin lugar a dudas uno de ellos.  El Festival de la Luz está terminando, hubo mucho y muy variado para ver en esta edición, pero no hay que perderse esta joya: una de las muestras más modernas que se pueden ver hoy en Buenos Aires.
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