Favela Rocinha 1 / Lorenzo Moscia

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"Favela Rocinha 1"

Lorenzo Moscia

Italia / Chile
lmoscia@yahoo.it
http://www.moscia.cl
 Volver Sobre la ladera de una de las colinas que rodean la zona sur de Río se levanta la favela Rocinha. Es un lugar difícil, sucio, atestado de personas que viven amontonadas en el escarpado cerro: casi 200 mil habitantes encerrados en cuatro kilómetros cuadrados. Y es también el punto de mayor venta de droga de Río. En esta favela trabajo como voluntario para una ong italiana. Nuestra tarea es la educación primaria de 85 niños.
Esta es una página de mi diario.

Paso una noche observando a algunos bandidos. Unos llegan a pie, otros en un auto en cuyo portamaletas hay un parlante enorme del que sale una música funky. La canción empieza con palabras que se refieren al sexo desenfrenado, llenas de doble sentido. Y luego truena: “Oh uh uh, que saudade do Lulú”. Es el grito de nostalgia por el antiguo jefe de la favela, asesinado en marzo pasado.

Esta es la historia: Lulú era jefe de la Rocinha desde hace un par de años. Su facción se llamaba Comando Vermelho, un conglomerado que domina varias favelas en rivalidad con el Comando Amigos dos Amigos. Lulú era un jefe “bueno” que ayudaba a la comunidad. Suministraba alimentos básicos a quienes no podían adquirirlos y daba dinero a padres con hijos discapacitados. Bajo su mando la favela se abrió a la entrada de extranjeros y al turismo (dos veces al día entran minibuses con visitantes que son llevados a ciertos puntos estratégicos). Así, la Rocinha se transformó en un lugar famoso en Río de Janeiro, incluso de culto.

En marzo pasado algunos miembros del Comando Vermelho decidieron acabar con Lulú. Se pensó en Dudú como sucesor, otro miembro del comando que durante algunos años había sido muy cercano a los jefes de la favela y vivía escondido para evadir el acecho de la policía. Desde siempre tenía la intención de ser jefe de la Rocinha. El plan consistía en que Dudú invadiría la Rocinha junto a sus hombres. Una vez eliminado Lulú, el control de la Rocinha se dividiría entre Dudú y los jefes que lo ayudarían a tomarse el poder.

En la semana santa del 2004 se produjo el golpe y la Rocinha pasó quizá el peor momento de su historia: tiroteos nocturnos, inseguridad diurna. Helicópteros de la policía sobrevolaban incesantemente el lugar apuntaban a las calles con sus ametralladoras.

Lulú murió quizá a manos de la policía, probablemente pagada por Dudú. La comunidad de la Rocinha no aceptó a Dudú: era demasiado sanguinario, famoso por su ira fácil y por su costumbre de violar mujeres. La mayor parte de los bandidos de la favela se sumó a la comunidad y rechazó a Dudú. La mayoría se fue del comando Vermelho a los Amigos dos Amigos. Hubo ajustes de cuentas, jefes provisorios puntualmente eliminados, tiroteos entre los grupos. Y entre ellos, la policía, la honesta y la corrupta. Además, las otras favelas de Río –que en su mayoría apoyaban al comando Vermelho– evaluaron la posibilidad de apoderarse de la Rocinha, el mayor punto de venta de drogas de Río.

El último día del 2004 Dudú fue arrestado por la policía. La Rocinha entera festejó la liberación (¿temporal, definitiva?) de una pesadilla. Más aún porque habían pasado la Navidad bajo el terror de los enfrentamientos entre el Comando Vermelho y los Amigos dos Amigos.

Ayer en la noche, en absoluta tranquilidad, un grupo de bandidos festejaba el comienzo del fin de semana en un local casi en la entrada de la favela. Sin miedo a invasiones, escuchan la música funky que les recuerda a su querido jefe. Entre las cervezas, a ratos circulan radios y relojes robados. De vez en cuando alguien se aleja y vuelve con la mirada alterada y derrochando energía. Alrededor de cada bandido hay tres o cuatro mujeres, algunas en verdad espectaculares. Una alta, con el cuerpo perfecto y pechos generosos, es la elegida de la noche por el bandido que parece más autoritario. El le da la silla donde sentarse; ella se sienta y se pone a tomar la cerveza del jefe en silencio. Otra, una rubia, muy joven, no se atreve ni a moverse de la puerta del auto que ensordece los oídos con la música que sale del parlante: “Oh uh uh, que saudade do Lulú”.

Matteo Gennari    El límite de la fotografía es nuestro propio límite
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